La reforma del portal se abordó, desde un principio, desde el más sincero respeto a la categoría del edificio, y del barrio madrileño, en el que se ubica el proyecto. En el portal, de 46 metros cuadrados en planta, sólo se habían abordado con anterioridad obras de saneamiento de instalaciones, así como limpieza y pintura de los núcleos de comunicación, presentando en las zonas de paso acabados deteriorados por el paso del tiempo.

El tratamiento de los paramentos verticales carecían de interés y calidad: aplacado de marmolina en zona de acceso y chapado de madera en el resto del espacio, con evidentes daños en superficie. Sin embargo el solado, una combinación de mármol Marquina y Macael, combinados formando retícula, resultaba de gran belleza, representando el estilo de la arquitectura Art Decó de principios del siglo pasado. Por este motivo se decidió tomar su modulación y cromatismo como punto de partida en la generación del proyecto.

Además, el empleo del blanco y negro de base lograba conectar los espacios de paso del portal con los núcleos de comunicación restaurados con anterioridad, y que en su momento habían sido tratados con esos mismos colores.

Se dividió conceptualmente el proyecto en tres estancias: espacio recibidor, espacio distribuidor y espacio de remate. En el espacio recibidor se realizó, a medida y siguiendo el modelo existente, una nueva puerta de acceso desde la calle, respetando su estética e incorporando vidrios practicables para su mejor mantenimiento. Este es el único espacio en el que se sustituyó el solado, adaptando el despiece a la ejecución de una rampa para facilitar la movilidad y solventando el desfase preexistente entre el despiece de esta estancia y la contigua. A nivel techo se planteó una moldura perimetral acabada en negro, recurso continuado en el resto de espacios, con la finalidad de “enmarcar” repitiendo la idea del despiece del solado (el negro enmarca el blanco).

Para potenciar esta idea, una fosa compuesta con la misma moldura contiene una lámpara diseñada por Patricia Urquiola que dota de gran protagonismo al espacio recibidor. De la misma manera, el diseño de la barandilla alude también al principio del diseño, compuesta por vidrios al ácido de proporciones cuadradas sustentados por cerrajería acabada en negro. En los paramentos verticales, el chapado de madera de arce aporta calidez sobre la neutralidad cromática.

Su despiece horizontal favorece la ampliación del espacio longitudinalmente y ayuda a la conexión de estancias divididas por puertas, todas ellas lacadas en negro y con sustitución de vidrios y herrajes. Ese despiece horizontal contrasta con el formato vertical del espejo y los vinilos, cuya verticalidad alude al despiece del chapado que existió anteriormente. Los murales representan imágenes reales de la fachada del edificio, como homenaje a la prestancia e identidad del mismo en la ciudad. Una imagen completa recibe al visitante tras pasar la puerta de acceso, a modo de gran cuadro bañado por una iluminación led que queda oculta tras la madera.

A medida que se recorre el portal se pueden apreciar diferentes detalles de la fachada, todas ellas en blanco y negro salvo una. El pequeño espacio de portería es el corazón del proyecto: una estancia lacada en color caldero, color favorito del empleado que la disfruta, y cuyo mural se recorta a modo de estrecha banda vertical mostrando una vista a color de la ciudad y de la sierra de Madrid tomada desde la cubierta del edificio.

Continuando el recorrido, en el espacio de remate, el blanco domina en tres de las paredes, dejando al negro componiendo el broche final del homenaje al edificio: una pared completamente lacada en negro sobre la que se recortan las palabras “Ayala 100”.

 

Orgullo e identidad al final de un recorrido que además consigue dignificar las tres puertas de instalaciones presentes en un remate que ahora se pone en valor.

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